Moby Dick

Moby Dick

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Una gentil jovialidad… una enorme complacencia de reposo en la presteza, revestían a la ballena que se deslizaba. Ni Júpiter, el toro blanco, alejándose a nado con la raptada Europa sujeta a sus gráciles cuernos; sus pícaros ojos enamorados sesgadamente atentos a la doncella; haciendo ondear con suave y hechizante vivacidad las aguas directamente hacia el pabellón nupcial de Creta; ni Jove, ¡ni esa gran majestad suprema!, sobrepasaba a la glorificada ballena blanca al nadar de tan divina manera.

De cada tierno flanco… coincidente con la partida ondulación que sólo una vez la bañaba, y después tan lejos fluía… de cada rutilante flanco, la ballena emanaba seducción. No es de extrañar que entre los cazadores hubiera habido algunos que, innominadamente cautivados y transportados por toda esta serenidad, se hubieran aventurado a asaltarla; aunque fatalmente habían descubierto que la quietud sólo era el manto de los tornados. Y aún sosegada, persuasivamente sosegada, ¡oh, ballena!, seguís deslizándoos para todos los que por primera vez os observan, sin importar a cuántos de esa misma manera podáis haber zarandeado y destruido antes.




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