Moby Dick

Moby Dick

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Así, a través de la serena tranquilidad del mar tropical, entre olas cuyo chapotear quedaba suspendido por exceso de arrebato, Moby Dick avanzaba, sustrayendo aún a la vista todos los terrores de su tronco sumergido, ocultando completamente el abyecto espanto de su mandíbula. Aunque pronto su parte anterior surgió lentamente del agua; durante un instante su marmóreo cuerpo entero formó un peraltado arco, como el Puente Natural de Virginia, y ondeando al aire preventivamente la enseña de las aletas de su cola, el gran dios se reveló, se zambulló y desapareció de la vista. Las blancas aves marinas, deteniéndose suspendidas, tentando el agua en vuelo, se mantuvieron anhelantes sobre la agitada charca que dejó.

Con los remos alzados, y las palas hacia abajo, el paño de sus velas al pairo, flotaban ahora sigilosamente las tres lanchas, esperando la reaparición de Moby Dick.

—Una hora –dijo Ajab, arraigado en pie en la popa de su lancha.

Y observaba más allá del lugar de la ballena, hacia los oscuros espacios azulados y los amplios y galanteadores vacíos a sotavento. Fue sólo un instante, pues de nuevo sus ojos parecieron girar en su cabeza mientras barría el acuático círculo. El viento se alzaba ahora; el mar comenzó a abultarse.


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