Moby Dick

Moby Dick

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—¡Los pájaros…! ¡Los pájaros! –gritó Tashtego.

En una larga fila india, lo mismo que cuando las garzas alzan el vuelo, los pájaros blancos volaban todos ahora hacia la lancha de Ajab; y al llegar a unas pocas yardas empezaban a aletear allí sobre el agua, girando una y otra vez alrededor con jubilosos y expectantes gritos. Su visión era más aguda que la del hombre; Ajab no podía descubrir señal alguna en el mar. Pero de pronto, al escudriñar más y más hondo en sus abismos, observó en la profundidad un punto blanco vivo, no mayor que una comadreja blanca, ascendiendo con prodigiosa celeridad, y magnificándose al remontar, hasta que giró, y entonces quedaron claramente al descubierto dos largas filas retorcidas de relucientes dientes blancos que ascendían a la superficie desde el inexplorable fondo. Era la boca abierta y la enroscada mandíbula de Moby Dick; su gruesa, ensombrecida mole, todavía medio mezclándose con el azul del mar. La centelleante boca se abría de par en par bajo la lancha como una tumba de mármol descubierta; y dando un golpe lateral con su remo de popa, Ajab hizo girar el bote apartándolo de esta tremenda aparición. Entonces, requiriendo a Fedallah que cambiara de lugar con él, fue hasta la proa, y haciéndose con el arpón de Perth, ordenó a su tripulación que agarraran los remos y estuvieran alerta a ciar.


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