Moby Dick

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Ahora bien, gracias a este oportuno giro de la lancha sobre su eje, se había conseguido que su proa, por anticipación, quedara frente a la cabeza de la ballena mientras ésta aún seguía bajo el agua. Pero como si hubiera percibido esta estratagema, Moby Dick, con esa maliciosa inteligencia que se le atribuía, se trasladó lateralmente a sí mismo en un instante, por así decirlo, haciendo pasar su arrugada cabeza a lo largo por debajo de la lancha.

Toda ésta, entera, cada plancha y cada cuaderna, tembló durante unos instantes; la ballena, tumbada oblicuamente sobre su lomo al modo de un tiburón al morder, metió lenta y cuidadosamente toda la proa dentro de su boca, de manera que la enroscada, larga y estrecha mandíbula inferior se rizó hacia lo alto al aire libre, y uno de los dientes se enganchó en un tolete. El blanco azulado, perlino, del interior de la mandíbula estaba a seis pulgadas de la cabeza de Ajab, y se alzaba más que ella. En esta postura la ballena blanca sacudía ahora el endeble cedro como un gato gentilmente cruel sacude a su ratón. Con imperturbables ojos Fedallah observaba, y cruzaba los brazos; pero la tripulación amarillo-tigre saltaba, unos por encima de las cabezas de los otros, para alcanzar la parte más extrema de la popa.



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