Moby Dick
Moby Dick Ya fuera por estar agotada de los tres dÃas de constante acoso y por la resistencia a su nadar del enmarañado obstáculo que portaba; o ya fuera por cierta latente impostura y malicia en ella; fuese cual fuera lo cierto, la marcha de la ballena blanca empezó ahora a disminuir, como constataba el acercamiento, tan rápido una vez más, de la lancha hacia ella; aunque, de hecho, la última ventaja de la ballena no habÃa sido tan grande como antes. Y mientras Ajab se deslizaba sobre las olas, todavÃa los despiadados tiburones le acompañaban, y de modo tan pertinaz se mantenÃan junto a la lancha, y de tan continua manera mordÃan los moldeados remos, que las palas quedaron arratonadas y dentelleadas, y dejaban pequeñas astillas en el mar casi cada vez que se sumergÃan.
—¡No les prestéis atención!, esos dientes sólo aportan toletes nuevos a vuestro remos. ¡Seguid remando!, la mandÃbula del tiburón es mejor apoyo que el del agua que cede.
—¡Pero señor, con cada mordisco las finas palas quedan cada vez más pequeñas!
—¡Durarán lo suficiente! ¡Seguid remando!… ¿Mas quién puede decir —murmuró— si estos tiburones nadan para darse un festÃn con la ballena o con Ajab?… ¡Seguid remando! SÃ, con toda viveza ahora… nos acercamos a él. ¡La caña!, tomad la caña, dejadme pasar —y, asà diciendo, dos de los remeros le ayudaron a adelantarse a la proa de la lancha, que continuaba planeando.