Moby Dick
Moby Dick La mañana del tercer dÃa amaneció limpia y fresca, y una vez más el solitario vigilante nocturno del tope del trinquete fue relevado por las hordas de vigÃas diurnos que punteaban cada mástil y casi cada verga.
—¿La veis? —gritó Ajab.
Mas la ballena no estaba todavÃa a la vista
