Moby Dick
Moby Dick «Compañeros de tripulación, Dios ha posado sólo una mano sobre vosotros; ambas manos me presionan a mí. Os he leído, a la turbia luz que alcanzarme pueda, la lección que Jonás enseña a todos los pecadores; y por lo tanto a vos, y aún más a mí, pues yo soy mayor pecador que vosotros. Y, ahora, con qué contento bajaría de este tope y me sentaría allí, en los cuarteles donde os sentáis vos, y escucharía como vosotros escucháis, mientras alguno de vosotros me leyera a mí, cual piloto del Dios vivo. Cómo, siendo piloto-profeta ungido, o portavoz de las cosas verdaderas, y requerido por el Señor a sondear esas inoportunas verdades en los oídos de la malvada Nínive, Jonás, mortificado por la hostilidad que provocaría, desertó de su misión, y buscó escapar a su deber y a su Dios embarcándose en Jope. Pero Dios está en todas partes; nunca llegó a Tarsis. Como hemos visto, Dios vino a él en la ballena, y lo engulló en vivaces abismos de perdición, y con rápidas batidas le arrastró “en medio de los mares”, donde simas de remolinos le absorbieron hasta diez mil leguas de profundidad, y “las algas estaban enrolladas en su cabeza”, y todo el acuático mundo de adversidad volteaba sobre él. No obstante, incluso entonces, más allá del alcance de cualquier plomada —“desde el vientre del Infierno”—, cuando la ballena encalló sobre los huesos más distantes del océano, incluso entonces, Dios escuchó al ingurgitado y arrepentido profeta cuando gritó. Entonces Dios le habló al pez; y desde la trémula frialdad y negrura del mar, la ballena surgió, rompiendo hacia el cálido y placentero sol, y todos los deleites del aire y la tierra; y “vomitó a Jonás en tierra firme”; entonces la voz del Señor surgió una segunda vez; y Jonás, magullado y golpeado —sus oídos, como dos conchas marinas, todavía multitudinariamente murmurando del océano—, Jonás cumplió el requerimiento del Todopoderoso. ¿Y qué era aquello, compañeros? ¡Predicar la Verdad en el rostro de la Falsedad! ¡Eso era!