Moby Dick
Moby Dick Mientras pronunciaba estas palabras, el aullar de la batiente y chirriante tormenta afuera parecía añadir nuevo poder al predicador, que, al describir la tormenta marina de Jonás, era como si él mismo fuera zarandeado por una tormenta. Su profundo torso se abultaba como con un mar de fondo; sus zarandeados brazos parecían los beligerantes elementos en acción; y los truenos que surgían de su oscura frente, y el destello que saltaba de su ojo, hacían que todos sus sencillos oyentes le observaran con un vívido temor que no era propio de ellos.
Se produjo ahora una calma en su semblante, mientras una vez más volvió silenciosamente las páginas del Libro; y finalmente, permaneciendo inmóvil, con los ojos cerrados, momentáneamente pareció comulgar con Dios y consigo mismo.
Mas de nuevo se inclinó hacia el público, y bajando su cabeza humildemente, con aspecto de la más profunda y aun así la más humana humildad, pronunció estas palabras: