Moby Dick
Moby Dick Con gran interés estuve sentado observándole. Aun salvaje como era, y horriblemente desfigurado en el rostro —al menos para mi gusto—, su semblante tenÃa, no obstante, un algo en sÃ, que no era en modo alguno desagradable. El alma no la puedes ocultar. A través de todos sus antinaturales tatuajes creà ver las trazas de un corazón sencillo y honesto; y en sus grandes y profundos ojos, de un negro encendido y audaz, aparecÃan muestras de un espÃritu capaz de desafiar a mil diablos. Y aparte de todo esto, habÃa en el pagano un cierto porte noble, que ni siquiera su rudeza podÃa enteramente invalidar. ParecÃa un hombre que nunca se hubiera amedrentado y nunca hubiera tenido un acreedor. Si acaso, quizá (sobre esto no me aventuraré a opinar), que al estar su cabeza afeitada, su frente se trazaba en un relieve más libre y destacado, y parecÃa más amplia de lo que de otra manera hubiera sido; pero era cierto que su cabeza era una cabeza frenológicamente excelente. Puede que parezca ridÃculo, pero me recordaba la cabeza del general Washington tal como se ve en los bustos populares suyos. TenÃa la misma prolongada inclinación huidiza, regularmente graduada a partir de las cejas, que eran igualmente muy pronunciadas, como dos largos promontorios espesamente boscosos en la cumbre. Queequeg era George Washington canibalÃsticamente desarrollado.