Moby Dick

Moby Dick

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Mientras permanecía sentado en aquella estancia entonces solitaria, el fuego ardiendo tenue, en esa afable etapa en la que, una vez que su inicial intensidad ha caldeado el aire, ya no refulge sino para ser observado; las sombras y los fantasmas de la noche reuniéndose alrededor de las ventanas, y observándonos a nosotros dos, silenciosos y solitarios; la tormenta tronando afuera en solemnes crescendos, comencé a ser susceptible a extrañas sensaciones. Sentí algo fundirse en mí. Mi corazón astillado y mi encolerizada mano no estaban ya vueltos contra el lobuno mundo. Este tranquilizador salvaje los había redimido. Ahí estaba sentado, su propia indiferencia revelaba una naturaleza en la que no acechaban civilizadas hipocresías y desabridos engaños. Salvaje era, una visión de visiones que ver; y, sin embargo, empecé a sentirme misteriosamente atraído hacia él. Y aquellas mismas cosas que hubieran repelido a muchos otros, eran los propios imanes que de ese modo me atraían. Probaré a tener un amigo pagano, pensé, ya que la bondad cristiana no ha resultado ser sino hueca cortesía. Acerqué mi banco a él, e hice algunos gestos e insinuaciones amistosos, a la vez que me esforzaba cuanto mejor podía en hablarle. Al principio apenas reparó en estas aproximaciones; pero al poco, al referirme a su hospitalidad de la noche pasada, concedió en preguntarme si íbamos a ser de nuevo compañeros de cama. Le dije que sí; ante lo cual creo que pareció complacido, quizá un poco halagado.


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