Moby Dick
Moby Dick En vano amenazó el capitán con tirarle por la borda, suspendió un alfanje sobre sus desnudas muñecas: Queequeg era el hijo de un rey, y Queequeg no se apartó. Movido por su desesperado arrojo y su feroz deseo de visitar la cristiandad, el capitán finalmente transigió, y le dijo que podía acomodarse. Mas este distinguido joven salvaje… este príncipe de Gales del mar, nunca vio la cabina del capitán. Le pusieron entre los marineros, e hicieron de él un ballenero. Y al igual que el zar Pedro, que se mostró conforme a trabajar en los astilleros de ciudades extranjeras, Queequeg no desdeñó ninguna aparente ignominia si con ello quizá podía obtener potestad para ilustrar a sus incultos compatriotas. Pues en el fondo —eso me dijo— le movía un profundo deseo de aprender entre los cristianos las artes con las que hacer a su gente todavía más feliz de lo que era y, más que eso, todavía mejor de lo que era. Pero, ¡ay!, las prácticas de los balleneros pronto le convencieron de que incluso los cristianos pueden ser miserables, y también perversos; infinitamente más que todos los paganos de su padre. Llegado finalmente al viejo Sag-harbor y viendo lo que los marineros hacían allí; yendo entonces a Nantucket, y viendo cómo gastaban sus pagas también en aquel lugar, el pobre Queequeg se dio por vencido. Es un mundo perverso en todos los meridianos, pensó: moriré pagano.