Moby Dick
Moby Dick Le pregunté cuál podría ser su propósito inmediato en lo tocante a sus movimientos futuros. Me contestó que hacerse de nuevo a la mar en su antigua vocación. Ante lo cual le dije que la pesca de la ballena era mi propio objetivo, y le informé de mi intención de zarpar desde Nantucket, al ser el puerto más prometedor desde donde embarcarse para un ballenero inquieto. Inmediatamente decidió acompañarme a esa isla, enrolarse a bordo de la misma nave, meterse en la misma guardia, la misma lancha, el mismo turno de comida que yo, en pocas palabras, compartir mi entera suerte; con mis dos manos en las suyas, audazmente meter la cuchara en la cazuela de ambos mundos. A todo esto yo asentí jubilosamente; pues aparte del afecto que sentía ahora por Queequeg, él era un experimentado arponero, y como tal no podía dejar de ser de gran utilidad para alguien que, como yo, bien que familiarizado con el mar tal como les es conocido a los marinos mercantes, era enteramente ignorante de los misterios de la pesca de la ballena.
Terminada su historia con la última agonizante bocanada, Queequeg me abrazó, presionó su frente contra la mía y, apagando la luz de un soplido, nos dimos la vuelta alejándonos el uno del otro, a este y aquel lado, y muy pronto estuvimos durmiendo.