Moby Dick

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Pedimos prestada una carretilla, y embarcando nuestras pertenencias, incluyendo mi propia pobre talega, y el saco de lona y el coy de Queequeg, allá nos fuimos al Musgo, la pequeña goleta paquebote de Nantucket atracada en el muelle. Mientras íbamos de camino, la gente se quedaba mirando; no tanto por Queequeg —pues estaban habituados a ver a caníbales como él en sus calles—, sino por vernos a él y a mí en tan confidenciales términos. Pero no les prestamos atención, seguimos el camino, empujando la carretilla por turnos, y Queequeg deteniéndose de vez en cuando para ajustar la vaina en los garfios de su arpón. Le pregunté por qué se llevaba un objeto tan conflictivo con él a tierra, y si no todos los barcos balleneros disponían de sus propios arpones. A esto, en sustancia, replicó que, aunque lo que yo apuntaba era efectivamente cierto, no obstante, él tenía particular aprecio a su propio arpón, pues era de material avalado, bien probado en muchos combates mortales y profundo conocedor de los corazones de las ballenas. Brevemente, como muchos cosechadores y segadores de tierra firme, que van a los campos de los granjeros armados con sus propias hoces —aunque en modo alguno obligados a aportarlas—, del mismo modo, Queequeg, por sus propias particulares razones, prefería su propio arpón.



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