Moby Dick
Moby Dick —¡Mi capitán! ¡Mi capitán! —gritó el paleto, corriendo hacia el oficial—. ¡Mi capitán, mi capitán, es el diablo!
—Oiga, usted, señor —gritó el capitán, un famélico hijo del mar, avanzando hacia Queequeg—, ¿qué truenos intenta con eso? ¿No se da cuenta de que podrÃa haber matado a ese tipo?
—¿Qué decir él? —dijo Queequeg mientras se volvÃa suavemente hacia mÃ.
—Él decir —dije yo— que tú estar cerca de matar-i a ese hombre —señalando al todavÃa temblante pipiolo.
—¡Matar-i! —gritó Queequeg, contrayendo su rostro tatuado en una sobrenatural expresión de desdén—, ¡ah!, él mucho pequeño-i pez-i; Queequeg no matar-i pequeño-i pez-i; ¡Queequeg matar-i gran ballena!
—Mire usted —bramó el capitán—, yo mataré-i usted, usted, canÃbal, si intenta hacer otra exhibición aquà a bordo; asà que ándese con ojo.