Moby Dick

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En la misma fuente de la espuma, Queequeg parecía beber y balancearse junto a mí. Sus sombreadas aletas nasales se expandían; mostraba sus afilados y puntiagudos dientes. Volamos y volamos; y al alcanzar nuestra salida a mar abierto, el paquebote hizo honor a la ventada: inclinó y sumergió su proa como el esclavo ante el sultán. Tumbándose lateralmente, lateralmente nos lanzamos: cada filástica tirante como un alambre, los dos grandes mástiles combándose como caña índica en terrestres tornados. Tan inmersos estábamos en esta mareante escena, mientras permanecíamos en el bauprés que se zambullía, que durante cierto tiempo no nos fijamos en las miradas de burla de los pasajeros, un grupo de palurda apariencia que se maravillaba de que dos semejantes pudieran portarse tan amigablemente; como si un hombre blanco fuera en cuestión de dignidad algo más que un negro blanqueado. Pero había allí algunos majaderos y paletos que, dado lo muy verdes que estaban, debían haber venido desde el corazón de todo verdor. Queequeg sorprendió a uno de estos jóvenes retoños haciéndole burla a sus espaldas. Creí que había llegado la hora del Juicio para el paleto. Soltando su arpón, el oscuro salvaje lo tomó en sus brazos y, con una destreza y fortaleza casi milagrosas, lo lanzó físicamente a lo alto en el aire. Golpeando entonces levemente su trasero en mitad de una vuelta de campana, el tipo aterrizó con restallantes pulmones sobre sus pies, mientras Queequeg, dándole la espalda, encendía su pipa tomahawk y me la pasaba para que echara una bocanada.


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