Moby Dick

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—Ahora —dijo Queequeg—, ¿qué piensas ahora? ¿No se rió nuestra gente?

Finalmente, el pasaje pagado, y a salvo el equipaje, a bordo de la goleta nos vimos. Izando velas, ésta se deslizó río Acushnet abajo. A un lado se alzaba New Bedford en terrazas de calles, sus árboles cubiertos de nieve, todo relucientes en el claro aire frío. Colinas y montañas enormes de toneles estaban apiladas sobre sus muelles y, unos al lado de otros, los barcos balleneros que recorren el mundo descansaban silenciosos, por fin fondeados a salvo; mientras, de otros aún llegaba un ruido de carpinteros y toneleros, con sonidos mezclados de fogatas y forjas para fundir la brea, todo ello indicando que había nuevos viajes en sus inicios; que una vez terminada una muy peligrosa y larga expedición, sólo comienza una segunda; y, concluida una segunda, sólo comienza una tercera, y así por siempre jamás. Tal es la interminabilidad, sí, la intolerabilidad, de todo terrenal esfuerzo.

Ganando aguas más abiertas, el viento moderado aumentó a fresco; el pequeño paquebote lanzó al aire la vivaz espuma desde su proa, lo mismo que un joven potro lanza sus resoplidos. ¡Cómo inhalé aquel aire tártaro!… ¡Cómo desdeñé aquella tierra sujeta a peaje!… Ese común camino, todo él mellado con las marcas de serviles talones y pezuñas; y me volteé a admirar la magnanimidad del mar, que no admite registros.


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