Moby Dick

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Dos enormes calderos de madera pintados de negro y colgados de los motones de un tamborete holandés pendían de la cruceta de un viejo mastelero plantado frente a un antiguo portón. Los palos de la cruceta estaban aserrados del otro lado, de manera que este viejo mastelero se asemejaba en no poco a una horca. Quizá en aquella época yo era hipersensible a tales impresiones, pero no pude evitar quedarme mirando este patíbulo con cierto recelo. Una especie de calambre se me puso en el cuello mientras miraba los dos palos que quedaban; sí, dos había, uno para Queequeg y otro para mí. Es de mal agüero, pensé. Un tal Coffin, mi posadero al desembarcar en mi primer puerto ballenero; lápidas observándome en la capilla de los balleneros; ¡y aquí una horca! ¡Y además una pareja de formidables calderos negros! ¿Están arrojando estos últimos oblicuas alusiones referentes a Tofet?

De estas reflexiones me sacó la visión de una mujer pecosa con pelo amarillo y vestido amarillo, que estaba en el porche de la posada, bajo una mortecina lámpara roja allí colgada, semejante en mucho a un ojo herido, y enzarzada en diligente reprimenda con un hombre de camisa púrpura de lana.

—¡Seguid vuestro camino —le decía al hombre— o, si no, os voy a aviar!

—Vamos, Queequeg —dije yo—, conforme. Ahí está la señora Hussey.


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