Moby Dick
Moby Dick Mas, sin embargo, algo que me hizo recelar un poco de recibir una generosa participación en los beneficios fue esto: en tierra había oído hablar un poco de ambos, del capitán Péleg y de su inefable viejo colega Bildad; de cómo, al ser ellos los propietarios principales del Pequod, los otros, y más inconsiderables y dispersos dueños, dejaban la casi entera dirección de los asuntos del barco a estos dos. Y sabía con seguridad que el viejo cicatero Bildad tendría mucho que decir respecto a enrolar a los tripulantes, especialmente tal como le encontraba ahora a bordo del Pequod, muy bien aposentado allí en la cabina, y leyendo la Biblia como si estuviera junto a su propia chimenea. Ahora bien, mientras Péleg trataba en vano de preparar una pluma con su navaja, el viejo Bildad, ante mi no pequeña sorpresa, considerando que él era una parte tan interesada en estos procedimientos… Bildad no nos prestaba ninguna atención, sino que seguía murmurando para sí de su libro:
—«No amontonéis para vos provechos en la tierra, donde hay polilla…».
—Bien, capitán Bildad —le interrumpió Péleg—, ¿qué decís?, ¿qué provecho le damos a este joven?
—Vos lo sabéis mejor —fue la sepulcral respuesta—, el setecientos setenta y sieteavo no sería excesivo, ¿no?… «Donde hay polilla y herrumbre que corroen. Amontonad más bien provechos…».