Moby Dick
Moby Dick ¡Menudo provecho —pensé yo— que me hace! ¡El setecientos setenta y sieteavo! Bien, viejo Bildad, estás empeñado en que yo, al menos, no disfrute del provecho de muchos provechos aquà abajo, donde hay polilla y herrumbre que corroen. Ése era, efectivamente, un excesivamente largo provecho; y aunque por la magnitud de la cifra pudiera en principio engañar a un hombre de tierra firme, no obstante, la más ligera indagación podrá mostrar que aunque setecientos setenta y siete es un número muy grande, aun asÃ, cuando te pones a hacer un avo de él, observarás entonces, digo, que la setecientas setenta y siete parte de un ochavo es mucho menos que setecientos setenta y siete doblones de oro; y asà lo pensé yo entonces.
—¡Pero condenados sean vuestros ojos, Bildad —gritó Péleg—, no querréis estafar a este joven! Tiene que llevarse más que eso.
—Setecientos setenta y siete —dijo de nuevo Bildad, sin levantar sus ojos; y entonces siguió murmurando—. «Porque donde esté tu provecho, allà estará también tu corazón».
—Le voy a apuntar al trescientosavo —dijo Péleg—, ¿me escucháis, Bildad? El trescientosavo provecho, digo.
Bildad dejó su libro, y volviéndose solemnemente hacia él dijo: