Moby Dick

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—Capitán Péleg, tenéis un corazón generoso; pero habéis de considerar la obligación que tenéis con los otros dueños de este barco, viudas y huérfanos muchos de ellos, y que si nosotros recompensamos abundantemente las labores de este joven, podríamos estar quitando el pan a esas viudas y a esos huérfanos. El setecientos setenta y sieteavo provecho, capitán Péleg.

—¡Vos, Bildad! —rugió Péleg, levantándose y revolviéndose por la cabina—. Condenado seáis, capitán Bildad. Si hubiera seguido vuestro consejo en estos asuntos, habría tenido ya antes una conciencia que arrastrar que sería lo suficientemente pesada como para hacer naufragar el mayor barco que jamás circunnavegó el cabo de Hornos.

—Capitán Péleg —dijo Bildad firmemente—, puede que vuestra conciencia desplace diez pulgadas de agua, o diez brazas, yo no lo puedo decir; pero, como seguís siendo hombre impenitente, capitán Péleg, temo muy mucho que vuestra conciencia no sea sino una conciencia que haga agua; y al final os hundirá, haciéndoos naufragar en el abismo ígneo, capitán Péleg.



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