Moby Dick
Moby Dick —¡Abismo Ãgneo! ¡Abismo Ãgneo! Me insultáis, señor; me insultáis más alla de lo naturalmente soportable. Es un incendiario ultraje decirle a una criatura humana que va camino del Infierno. ¡Palmas de ballena y llamas! Bildad, como me digáis eso otra vez, me aflojáis las tuercas del alma, y yo… yo… sÃ, me trago una cabra viva con todo su pelo y cuernos. ¡Fuera de la cabina, vos, beatón, mortecino hijo de un tarugo… enfilad derecho!
Mientras tronaba esto, se lanzó sobre Bildad; pero, con una maravillosa, oblicua y deslizante celeridad, Bildad le esquivó por esta vez.
Alarmado ante aquel terrible arrebato entre los dos principales responsables dueños del barco, y sintiéndome medianamente inclinado a abandonar toda noción de navegar en un navÃo de propiedad tan cuestionable y mando tan precario, me aparté de la puerta para dejar paso a Bildad, que, no me cabÃa duda, todo él era deseo de desaparecer de delante de la avivada cólera de Péleg. Pero, ante mi sorpresa, se sentó de nuevo en el yugo muy lentamente, y no pareció tener la menor intención de retirarse. ParecÃa bastante acostumbrado al impenitente Péleg y a su modo de actuar. En cuanto a Péleg, tras haber soltado su rabia como habÃa hecho, no parecÃa que restara más en él, y también se sentó como un cordero, aunque se estremeció un poco, como si aún estuviera agitado por los nervios.