Moby Dick
Moby Dick —¡Pfui! —silbó finalmente—, la galerna se ha alejado a sotavento, me parece. Bildad, vos solÃais ser bueno afilando lanzas: reparad esta pluma, ¿queréis? Esta navaja mÃa necesita muela. Os lo agradezco; os lo agradezco, Bildad. Veamos, joven, vuestro nombre es Ismael, ¿no dijisteis eso? Bien, entonces, apuntado estáis aquÃ, Ismael, al trescientosavo provecho.
—Capitán Péleg —dije yo—, está conmigo un amigo que también quiere embarcarse; ¿le traigo mañana?
—Con toda seguridad —dijo Péleg—. Traédnoslo y le echaremos un vistazo.
—¿Qué provecho desea él? —gruñó Bildad, alzando la vista desde el libro en el que de nuevo se habÃa estado enterrando.
—¡Ah! No os preocupéis de eso, Bildad —dijo Péleg—. ¿Ha ido a la pesca de la ballena alguna vez? —volviéndose a mÃ.
—Ha matado más ballenas que las que yo pueda contar, capitán Péleg.
—Bueno, pues traedle, entonces.
Y tras firmar los papeles, me marché; no dudando en absoluto haber hecho un buen trabajo matutino, ni que el Pequod fuera el mismÃsimo barco que Yojo habÃa dispuesto para llevarnos a Queequeg y a mà en torno a Hornos.