Moby Dick

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—Aproximaos aquí… aquí, aquí —dijo Péleg con una expresividad en sus ojos que casi me sobresaltó—. Atended, amigo: nunca digáis eso a bordo del Pequod. Nunca lo digáis en parte alguna. El capitán Ajab no se bautizó a sí mismo. Fue un capricho irracional e ignorante de su demente madre enviudada, que murió cuando él sólo tenía doce meses. Y, sin embargo, la anciana india Tistig, de Gay-head, dijo que el nombre, de alguna manera, resultaría profético. Y puede que otros chalados como ella os digan lo mismo. Deseo advertiros. Es mentira. Yo conozco bien al capitán Ajab; navegué con él como oficial hace años; sé lo que es… un buen hombre… no un buen hombre piadoso, como Bildad, sino un buen hombre que maldice… más o menos como yo… sólo que en él hay mucho más. Sí, sí, sé que nunca fue muy jovial; y sé que durante el viaje de retorno estuvo una temporada un poco fuera de sus cabales; pero fueron los agudos e intensos dolores en su sangrante muñón los que provocaron aquello, como cualquiera podría apreciar. También sé que desde que en el último viaje perdió su pierna por esa maldita ballena, ha estado un poco taciturno… desesperadamente taciturno, y furioso a veces; pero eso pasará. Y de una vez por todas permitidme deciros y aseguraros, joven, que es mejor navegar con un buen capitán taciturno que con uno malo risueño. Así que adiós, os digo… y no ofendáis al capitán Ajab por darse la circunstancia de que tenga un nombre perverso. Además, muchacho, tiene una mujer… no lleva casado tres expediciones… una muchacha dulce y resignada. Pensad en ello; de esa dulce muchacha ese anciano tiene un hijo: ¿concebís vos, entonces, que pueda haber algo grave, irreparablemente dañino en Ajab? No, no, amigo mío; aunque esté herido y agostado, ¡Ajab tiene su humanidad!


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