Moby Dick
Moby Dick Le pregunté entonces a Queequeg si él mismo alguna vez tenía problemas de dispepsia, expresando la idea muy claramente, de manera que pudiera comprenderla. Dijo que no: sólo en una memorable ocasión. Fue después de una gran fiesta ofrecida por su padre el rey, al vencer en una gran batalla en la que cincuenta de los enemigos habían sido muertos antes de las dos de la tarde, y todos cocinados y comidos esa misma noche.
—Basta ya, Queequeg —dije yo, temblando—, con eso es suficiente —pues conocía las inferencias sin que él las refiriera más.
Yo había visto a un marinero que había visitado esa misma isla, y me había dicho que era costumbre, cuando allí se había vencido en una gran batalla, hacer con todos los muertos una barbacoa en el patio o jardín del vencedor; y después, uno a uno, se les colocaba en grandes tablas de trinchar, con guarnición alrededor, como un pilau, con frutos del árbol del pan y cocos, y con algo de perejil en la boca, se distribuían con los saludos del vencedor a todos sus amigos, exactamente lo mismo que si estos obsequios fueran tantos pavos de Navidad.