Moby Dick

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Diciendo lo cual, se quitó los lentes, los frotó con su gran pañuelo amarillo estampado y, poniéndoselos muy cuidadosamente, salió del tipi e inclinándose, tieso, sobre la amurada, echó una larga ojeada a Queequeg.

—¿Cuánto tiempo ha sido miembro? —dijo entonces, volviéndose a mí—. No mucho, diría yo, joven.

—No —dijo Péleg—, y tampoco ha sido bautizado correctamente, o se le habría lavado de la cara parte de ese azul del Diablo.

—Decidme ahora mismo —gritó Bildad—, ¿es este filisteo un miembro habitual de la reunión del diácono Deuteronomio? Nunca le vi ir allí, y paso delante cada día del Señor.

—Yo no sé nada del diácono Deuteronomio o de su reunión —dije yo—, todo lo que sé es que aquí, Queequeg, es miembro nato de la Primera Iglesia Congregacional. Él mismo es diácono, Queequeg lo es.

—Joven —dijo Bildad gravemente—, vos estáis tomándome el pelo… Explicaos, joven hitita. ¿Qué iglesia queréis decir? Contestadme.

Viéndome tan duramente acosado, contesté.


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