Moby Dick
Moby Dick —Quiero decir, señor, la misma antigua Iglesia católica a la que vos y yo, y aquà el capitán Péleg, y aquà Queequeg, y todos nosotros, y cada alma nuestra e hijo de vecino, pertenece; la grande e imperecedera Primera Congregación de este entero mundo venerador. Todos pertenecemos a ésa, sólo que algunos de nosotros nos aferramos a ciertos raros resabios en modo alguno pertinentes a la grandiosa creencia; en ésa todos unimos las manos.
—Ayustar, vos quisisteis decir ayustar las manos —gritó Péleg, acercándose—. Joven, mejor serÃa que os embarcarais como misionero, en lugar de como tripulante de a pie; nunca escuché mejor sermón. El diácono Deuteronomio… qué digo, el propio padre Mapple no podrÃa hacerlo mejor, y se le considera alguien. Subid a bordo, subid a bordo; no os preocupéis de los papeles. Digo yo, decidle ahà a Quohog… ¿qué es eso que le llamáis?, decidle a Quohog que venga con nosotros. Por la gran ancla, ¡menudo arpón que tiene! Parece buen material ése; y parece que lo maneja bien. Digo, Quohog, o como sea vuestro nombre, ¿alguna vez estuvisteis en la proa de una lancha ballenera?, ¿alguna vez acertasteis a un pez?
Sin decir una palabra, Queequeg saltó a su salvaje manera sobre la amurada, desde allà a la proa de una de las lanchas balleneras que pendÃan al costado; y afirmando entonces su rodilla izquierda, y balanceando su arpón, gritó algo más o menos como esto: