Moby Dick

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Cuando finalizamos todos los preliminares y Péleg hubo dispuesto todo para firmar, se giró hacia mí y dijo:

—Supongo que aquí Quohog no sabe escribir, ¿o sí? Digo, Quohog, ¡espabilad!: ¿firmáis con vuestro nombre o hacéis vuestra marca?

Mas, ante esta pregunta, Queequeg, que había participado antes dos o tres veces en similares ceremonias, no pareció en modo alguno avergonzado; sino que, tomando la pluma que le ofrecían, copió sobre el papel, en el lugar apropiado, una extraña figura redonda que estaba tatuada en su brazo; de manera que, dado el obstinado error del capitán Péleg tocante a su apelativo, quedó algo semejante a esto:

Quohog

su X marca

Mientras tanto, el capitán Bildad permaneció sentado, observando firme y seriamente a Queequeg, y levantándose finalmente de modo solemne y hurgando en los enormes bolsillos de su levita gris de anchos faldones, extrajo un montón de folletos; y seleccionando uno titulado «El advenimiento del día final, o no hay tiempo que perder», lo puso en las manos de Queequeg, y tomando entonces éstas y el libro con ambas suyas, le miró gravemente a los ojos y dijo:


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