Moby Dick

Moby Dick

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—Hijo de la oscuridad, debo cumplir mi deber con vos; soy propietario parcial de este barco, y me siento responsable de las almas de toda su tripulación; si vos todavía os aferrarais a vuestras costumbres paganas, lo que tristemente me temo, os lo suplico, no seáis por siempre un siervo de Belial. Expulsad al ídolo Bel, y al espantoso dragón; alejaos de la ira que vendrá; estad atento, os digo; ¡oh, gracia bondadosa!, ¡apartaos del pozo ardiente!

Algo del salado mar persistía aún en el lenguaje del viejo Bildad, mezclado de manera heterogénea con frases locales y escriturarias.

—Alto ahí, alto ahí, Bildad, dejad ya de malcriar a nuestro arponero —gritó Péleg—. El arponero pío nunca resulta ser buen expedicionario… les priva del escualo que hay en ellos; un arponero que no sea suficientemente escualo no vale ni una brizna. Ahí tenéis a Nat Swaine, en un tiempo el más valeroso jefe de lancha de todo Nantucket y del Vineyard; se unió a la congregación y no volvió a hacer nada. Se preocupaba tanto de su fastidiosa alma, que se arrugaba y se apartaba de las ballenas por temor a los coletazos traseros, no fuera a ser que le desfondaran y se largara donde Davy Jones[27].


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