Moby Dick

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—¡Péleg! ¡Péleg! —dijo Bildad, alzando sus ojos y sus manos—, vos mismo, al igual que yo mismo, habéis vivido muchos momentos peligrosos; vos sabéis, Péleg, lo que es tener miedo a la muerte; cómo, entonces, podéis dar voces de esta impía manera. Contrariáis vuestro propio corazón, Péleg. Decidme, cuando este mismísimo Pequod perdió por la borda sus tres mástiles en aquel tifón en Japón, aquella misma expedición en la que vos fuisteis de oficial con el capitán Ajab, ¿no pensasteis vos entonces en la muerte y en el Juicio Final?

—¡Escuchadle, escuchadle ahora —gritó Péleg, yendo de un lado al otro de la cabina y hundiendo sus manos muy hondo en sus bolsillos—… escuchadle todos vosotros! ¡Imaginaos! ¡Cuando a cada momento pensábamos que el barco se hundiría! ¿La muerte y el Juicio Final entonces? ¿Qué? Con los tres mástiles haciendo tal sempiterno tronar contra el costado; y todos los mares rompiendo sobre nosotros a proa y a popa. ¿Pensar en la muerte y el Juicio Final entonces? ¡No! No había tiempo para pensar en la muerte entonces. En la vida era en lo que el capitán Ajab y yo estábamos pensando; y en cómo salvar a toda la tripulación… Cómo armar bandolas… Cómo llegar al puerto más cercano; eso es en lo que estaba pensando.


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