Moby Dick

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Durante estos días de preparación, Queequeg y yo visitábamos a menudo el navío, y con igual frecuencia preguntaba yo sobre el capitán Ajab, y cómo estaba, y cuándo iba a subir a bordo de su barco. A estas preguntas respondían que cada vez estaba mejor, y que se le esperaba a bordo de un día para otro; mientras tanto, los dos capitanes, Péleg y Bildad, podían ocuparse de todo lo necesario para preparar el barco para la expedición. Si hubiera sido totalmente sincero conmigo mismo, hubiera visto muy claramente en mi corazón que no me agradaba en lo más mínimo estar comprometido de esta manera en una expedición tan larga, sin haber puesto los ojos ni una sola vez sobre el hombre que iba a ser el dictador absoluto de ella tan pronto como el barco saliera a navegar a mar abierto. Pero cuando un hombre sospecha algo malo, a veces sucede que, si ya está implicado en el asunto, insensiblemente se esfuerza por ocultar sus sospechas, incluso a sí mismo. Y así en gran manera ocurrió conmigo. No dije nada y traté de no pensar nada.

Finalmente se difundió que en algún momento del día siguiente el barco zarparía con total seguridad. Así que a la mañana siguiente Queequeg y yo salimos muy temprano.



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