Moby Dick

Moby Dick

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Cuando el Pequod lanzó su proa vengativa a las frías y taimadas olas en aquella escalofriante noche, ¡a quién vería en pie a la caña, sino a Bulkington! Sobrecogido y con amistosa admiración observé al hombre que en pleno invierno, apenas desembarcado de una peligrosa expedición de cuatro años, tan incansablemente podía partir de nuevo a otra tempestuosa empresa más. La tierra parecía calcinante para sus pies. Siempre es lo más maravilloso lo que no es posible mencionar, los recuerdos profundos no generan epitafios; este capítulo de seis pulgadas es la tumba sin lápida de Bulkington. Permitidme únicamente decir que con él ocurría lo que con el barco que zarandeado por la tormenta, desconsolado, navega junto a la tierra a sotavento. El puerto con agrado le daría abrigo. El puerto es compasivo: en el puerto está la seguridad, la comodidad, el fuego del hogar, la cena, cálidas mantas, amigos, todo lo que agrada a nuestra condición mortal. Pero en mitad de esa tormenta el puerto, la tierra son el más atroz de los peligros para ese barco; debe huir de toda hospitalidad, un contacto con tierra, aunque sólo roce la quilla, le haría estremecerse de lado a lado. Con su entera energía, despliega todo el paño para alejarse de la costa; al hacerlo combate contra los mismos vientos que acordemente le impulsarían a puerto. Busca de nuevo la ausencia total de tierra del azotado mar, precipitándose, desvalido, al peligro por mor del refugio; ¡su único amigo su más amargo enemigo!


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