Moby Dick
Moby Dick No parecía haber en él ningún signo de enfermedad corporal, ni tampoco de recuperación de alguna. Tenía el aspecto de un hombre liberado de la estaca de la hoguera una vez que el fuego, al pasar, ha agostado todos los miembros sin consumirlos o restarles una partícula de su compacta añeja robustez. Su entero porte, alto y amplio, parecía hecho de sólido bronce, y conformado en un molde inalterable, como el Perseo vaciado de Cellini. Serpeando su camino de entre sus grises cabellos, y continuando hacia abajo por un lateral de su bronceado y chamuscado rostro y de su cuello, hasta que desaparecía bajo sus ropas, veías una delgada marca, como una vara lívidamente blanquecina. Recordaba ese perpendicular costurón hecho a veces en el erguido y altivo tronco de un gran árbol, cuando el relámpago de las alturas se precipita sobre él rasgándolo y, sin arrancar una sola rama, pela y surca la corteza de arriba a abajo antes de perderse en la tierra, dejando el árbol aún vivo de verdor, aunque señalado. Si esa marca había nacido con él, o si era la cicatriz dejada por alguna terrible herida, nadie podía decirlo con certeza. Siguiendo algún acuerdo tácito, poca o ninguna alusión se hizo a ella a lo largo de la expedición, en especial por los oficiales. Pero una vez un viejo indio de Gay-Head que estaba en la tripulación, decano de Tashtego, aseguró supersticiosamente que no fue hasta que tuvo cuarenta años cumplidos que Ajab quedó de ese modo señalado, y que lo fue entonces no en la furia de una mortal reyerta, sino en una pelea con los elementos, en el mar. Aun así, esta arbitraria alusión pareció inferencialmente desmentida por lo que insinuó un sombrío hombre de Man[36], un sepulcral viejo, que al no haber zarpado nunca antes de Nantucket, nunca antes de esta ocasión le había puesto el ojo encima al singular Ajab. Sin embargo, las viejas tradiciones del mar, las inmemoriales creencias, popularmente investían a este viejo hombre de Man con preternaturales poderes de discernimiento. De forma que ningún marino blanco le desmintió consistentemente cuando afirmó que si alguna vez el capitán Ajab era en paz embalsamado —lo que difícilmente podría ocurrir, así lo murmuró—, entonces, quienquiera que fuese el que prestara los últimos oficios al muerto, le encontraría una marca de nacimiento desde la coronilla a la planta del pie.