Moby Dick

Moby Dick

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Cada vez que yo ascendía a cubierta desde mis guardias abajo, instantáneamente echaba la vista a popa para fijarme si había visible algún rostro extraño; pues mi primera vaga inquietud respecto al desconocido capitán, ahora, en la reclusión del mar, se convirtió casi en un trastorno. Aquello resultaba extrañamente acentuado a veces por las diabólicas incoherencias del harapiento Elías, que, sin que yo las convocara, regresaban a mí con una sutil energía que previamente no podría haber concebido. Malamente podía resistirlas, por mucho que en otros estados de ánimo casi estuviera dispuesto a sonreír ante las solemnes fantasías de ese disparatado profeta de los muelles. Mas fuera lo que fuese que sintiera de aprensión o inquietud —por así llamarlo—, no obstante, cada vez que en el barco me ponía a mirar a mi alrededor, parecía completamente injustificado albergar semejantes emociones. Pues aunque los arponeros, junto con el grueso de la tripulación, eran un grupo mucho más bárbaro, pagano y variopinto que cualquiera de las dóciles compañías de barco mercante con las que mis previas experiencias me habían familiarizado, aun así, yo atribuía aquello —y lo atribuía correctamente— a la fiera singularidad de la propia naturaleza de esa salvaje vocación escandinava en la que tan inconscientemente me había embarcado. Y era especialmente el aspecto de los tres principales jefes del barco, los oficiales, lo que estaba más convincentemente calculado para aliviar estos desvaídos recelos, y para inducir confianza y jovialidad en cada episodio de la expedición. Tres mejores y más apropiados oficiales y hombres, cada uno a su manera, no se podrían haber encontrado fácilmente, y eran, todos y cada uno de ellos, americanos; uno de Nantucket, otro del Vineyard y un hombre del Cabo. Ahora bien, al ser en Navidad cuando el barco zarpó de puerto, durante algunos días tuvimos un cortante tiempo polar, si bien constantemente escapábamos de él hacia el sur; y con cada grado y cada minuto de latitud que navegábamos, dejábamos gradualmente tras nosotros ese despiadado invierno y toda su intolerable meteorología. Fue una de esas mañanas de la transición, menos encapotadas, aunque aún suficientemente grises y melancólicas, mientras el barco, con viento franco, surcaba apresurado el agua en una especie de vindicativo rebotar y de melancólica presteza, que al encaramarme a cubierta al toque de la guardia de alba, tan pronto como alineé mi vista hacia el coronamiento, agoreros escalofríos me recorrieron el cuerpo. La realidad dejó atrás a la aprensión: el capitán Ajab se erguía sobre el alcázar.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker