Moby Dick

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Aunque es una tarea de peso; ninguna sencilla clasificación de cartas en la oficina de Correos la iguala. Tantear hacia el fondo del mar tras ellas, tener las manos de uno entre los inefables fundamentos, la armazón y la propia pelvis del mundo, es algo aterrador. ¡Qué soy yo para poder intentar echarle el anzuelo a la nariz de este leviatán! Las atroces afrentas que hay en Job bien podrían espantarme. «¿Hará» (el leviatán) «un pacto con vos? ¡Atended, es vana la esperanza en él!». Pero yo he nadado a través de bibliotecas y he navegado a través de océanos; he tratado con ballenas con estas visibles manos: voy en serio, y lo intentaré. Hay ciertos preliminares que establecer.

En primer lugar: la condición incierta, no establecida, de esta ciencia de la cetología está atestiguada en el propio inicio por el hecho de que, en algunas instancias, todavía es asunto de debate el que la ballena sea un pez. En su Sistema de la Naturaleza, 1776 d.C., Linneo afirma: «Por la presente separo las ballenas de los peces». Pero por conocimiento propio yo sé que hasta el año 1850, en contra del expreso edicto de Linneo, todavía se encontraba a los tiburones y los sábalos, las pinchaguas y los arenques, compartiendo la posesión de los mismos mares que el leviatán.


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