Moby Dick
Moby Dick —Ahora tres para tres estáis. ¡Encomendad los cálices asesinos! Ofrecedlos, vosotros que ahora sois hechos partÃcipes de esta indisoluble liga. ¡Ja! ¡Starbuck! ¡Pero lo hecho, hecho está! Aquel sol que da fe, espera ahora para posarse sobre ello. ¡Bebed, arponeros! Bebed y jurad, vosotros, compañeros que ocupáis la mortal proa de la ballenera: ¡Muerte a Moby Dick! ¡Que Dios nos dé caza a todos si nosotros no cazamos a Moby Dick hasta que muera!
Las largas y garfiadas copas de hierro se elevaron; y a los gritos y maldiciones contra la ballena blanca, de un solo trago se consumieron simultáneamente las espiritosas bebidas. Starbuck palideció, se volvió y se estremeció. Una vez más, y finalmente, el peltre repleto dio la vuelta entre la frenética tripulación; tras lo cual, haciendo una indicación con su mano libre, todos se dispersaron; y Ajab se retiró al interior de su cabina.