Moby Dick
Moby Dick —¡En vano! —gritó Ajab—, pero quizá esté bien. Pues si vosotros tres recibierais aunque sólo fuera una vez la descarga con toda su fuerza, entonces mi propia facultad eléctrica, eso, quizá habrÃa expirado de afuera de mÃ. Acaso, quizá, os hubiera hecho caer muertos. Acaso no la necesitarais. ¡Abajo las lanzas! Y ahora, a vosotros oficiales, a vosotros os nombro los tres coperos de mis tres parientes paganos ahà situados… aquellos tres muy honorables nobles y caballeros, mis valientes arponeros. ¿Desdeñáis la tarea? ¿Cómo, si incluso el gran papa lava los pies de los mendigos, utilizando su tiara como aguamanil? ¡Oh, mis dulces cardenales! Vuestra propia condescendencia, eso os inclinará a hacerlo. Yo no os ordeno; vos lo deseáis. ¡Vosotros, arponeros, cortad los nudos y sacad las pértigas!
Obedeciendo silenciosamente la orden, los tres arponeros estaban ahora ante él, descubierta la parte de hierro de sus arpones, de unos tres pies de largo, con los garfios hacia arriba.
—¡No me apuñaléis con ese agudo acero! ¡Apartadlos; dadlos la vuelta!, ¿no conocéis la base de la copa? ¡Poned el calce hacia arriba! AsÃ, asÃ; ahora, coperos, avanzad. ¡Los hierros!: cogedlos. ¡Sujetadlos mientras lleno!
Inmediatamente, yendo lentamente de un oficial a otro, llenó a rebosar los calces de los arpones con las Ãgneas aguas del jarro.