Moby Dick

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»Atended ahora, mis valientes. Os he convocado a todos alrededor de este cabrestante; y vosotros, oficiales, flanqueadme con vuestras lanzas; y vosotros, arponeros, permaneced allí con vuestros hierros; y vosotros, bravos marineros, haced un cerco a mi alrededor, que de algún modo pueda yo revivir una noble costumbre de mis antepasados pescadores. Oh, marineros, ahora veréis que… ¡Ja! Muchacho, ¿ya has vuelto? Los peniques falsos no vuelven antes. Dádmelo. Bueno, este peltre estaría ahora rebosando otra vez, si no fueras el trasgo de san Vito… ¡Aléjate, peste!

»¡Avanzad, oficiales! Cruzad vuestras lanzas extendidas ante mí. ¡Bien hecho! Dejadme tocar el eje.

Diciendo lo cual, con el brazo extendido, agarraba las tres radiales lanzas horizontales en el centro en que se cruzaban; las agitó brusca y nerviosamente mientras lo hacía, mirando entretanto intencionadamente de Starbuck a Stubb, de Stubb a Flask. Parecía como si, por mor de cierta innominada volición interior, hubiera intencionadamente provocado en ellos la descarga eléctrica de la misma ígnea emoción acumulada en la botella de Leyden de su propia vida magnética. Los tres oficiales retrocedieron ante su poderoso, firme y místico aspecto. Stubb y Flask apartaron a un lado la mirada; los honestos ojos de Starbuck se inclinaron.


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