Moby Dick
Moby Dick Al recibir el rebosante peltre, y volviéndose hacia los arponeros, les ordenó que sacasen sus armas. Luego, alineándolos ante él cerca del cabrestante, con sus arpones en la mano, mientras los tres oficiales permanecÃan a su lado con sus lanzas, y el resto de la dotación del barco formaba un cÃrculo alrededor del grupo, estuvo durante un instante observando inquisitivamente a todos los hombres de su tripulación. Y aquellos ojos feroces se encontraron con los suyos, como los ojos inyectados de sangre de los lobos de la pradera se encuentran con los del jefe de su manada antes de que al frente de ella éste se lance tras el rastro del bisonte; aunque ¡ay!, sólo para caer en la oculta trampa del indio.
—¡Bebed y pasadlo! —gritó, entregando el bien cargado jarro al marinero más cercano—. Que ahora sólo beba la tripulación. ¡Pasadlo, vamos, pasadlo! Sorbos cortos… tragos largos, marineros; está caliente como la pezuña de Satán. Vaya, vaya; va pasando excelentemente. Espiraliza en vosotros; salta como el guiño de la serpiente. Bien hecho: casi vacÃo. Por ese lado se fue, por éste llega. Dádmelo… ¡VacÃo está! Sois como los años, marineros; asà se bebe de un trago la rebosante vida. ¡Mozo, vuelve a llenar!