Moby Dick
Moby Dick —¡Dios me guarde!… ¡Nos guarde a todos! —murmuró Starbuck en voz baja.
Pero en su alegrÃa ante la hechizada, tácita aquiescencia del primer oficial, Ajab no escuchó la premonitoria invocación; ni tampoco la mortecina risa que salió de la bodega; ni las agoreras vibraciones de los vientos en la jarcia; ni el vacÃo ondear de las velas contra los mástiles cuando por un momento se desinflaron. Pues de nuevo los humillados ojos de Starbuck se iluminaron con la terquedad de la vida; la risa subterránea se extinguió; los vientos volvieron a soplar; las velas se inflaron; el barco se alzó y cabeceó como lo hacÃa antes. ¡Ah, admoniciones y advertencias! ¿Por qué, cuando llegáis, no permanecéis? ¡Pero más bien vos, sombras, sois predicciones que advertencias! Sin embargo, no tanto predicciones desde el exterior como verificaciones de lo precedente interior. Pues existiendo poco externo que nos coerza, las más profundas necesidades de nuestro ser, éstas, siguen impeliéndonos.
—¡La medida! ¡La medida! —gritó Ajab.