Moby Dick

Moby Dick

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Muy famosa en nuestros anales occidentales y en las tradiciones indias es la del corcel blanco de las praderas; un magnífico caballo de batalla, de un blanco lácteo, grandes ojos, cabeza pequeña, ancho de pecho, y con la dignidad de mil monarcas en su distinguido y jactancioso porte. Él era el Jerjes electo de las extensas hordas de caballos salvajes, cuyos pastos, en aquellos días, sólo estaban vallados por las Montañas Rocosas y las Alleghanies. A su llameante cabecera, él las guiaba en tropel hacia el oeste como la estrella elegida que cada tarde dirige la cáfila de luz. La centelleante cascada de su melena, la cometa curva de su cola le cubrían con gualdrapas más resplandecientes que las que hubieran podido proporcionarle batidores de oro y plata. Una muy imperial y arcangélica aparición de ese mundo occidental incorrupto, que a los ojos de los antiguos tramperos y cazadores revivía las glorias de esos tiempos primigenios en los que Adán caminaba majestuoso como un dios, intrépido y con la frente despejada como este poderoso caballo. Ya fuera marchando entre sus oficiales y ayudas de campo, a la vanguardia de innumerables cohortes que inacabablemente fluían por las praderas como un río Ohio; o acaso con sus súbditos en torno, pastando a todo alrededor del horizonte, el corcel blanco pasaba revista al galope con cálido hocico que enrojecía de su fresca lechosidad; fuera cual fuese el aspecto en que se presentara, para los indios más valerosos siempre era objeto de trémulo respeto y admiración. Y de lo inscrito en los legendarios registros respecto a este noble caballo no cabe poner en duda que era en especial su espiritual blancura lo que le revestía de divinidad; y que esa divinidad poseía en sí aquello que, aun requiriendo veneración, imponía a la vez un cierto innominado terror.


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