Moby Dick

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¿O qué es lo que hay, aparte de las tradiciones de guerreros y reyes a mazmorras confinados (que no serán suficientes para dar cuenta de ello), que haga que la Torre Blanca de Londres apele a la imaginación de un americano carente de mundo con un poder tan superior al de sus vecinas: la Torre de Byward, o incluso la Torre Sangrienta? Y esas torres aún más sublimes, las Montañas Blancas de New Hampshire, ¿de dónde que en estados de ánimo peculiares a la mera mención de ese nombre se cierna sobre el alma tal gigantesca cualidad espectral, mientras que la idea de las Montañas Blue Ridge de Virginia esté llena de suaves, candorosas y distantes ensoñaciones? ¿O por qué, independientemente de todas latitudes y longitudes, el nombre del Mar Blanco ejerce tal espectral impresión sobre la fantasía, mientras que el del mar Amarillo nos arrulla con mortales pensamientos de largas, lacadas y suaves tardes sobre las olas, seguidas de los más vistosos y aun así somnolientos crepúsculos? O, por elegir un ejemplo totalmente insustancial, dirigido exclusivamente a la fantasía, ¿por qué al leer los cuentos de hadas de la Europa central, el «alto hombre pálido» de las selvas del Hartz, cuya inmutable palidez se desliza incorruptible a través del verdor de los bosques… ¿por qué este fantasma es más terrible que todos los aullantes demonios del Blocksburg?



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