Moby Dick

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Y no es únicamente el recuerdo de sus terremotos que derriban catedrales; tampoco los estampidos de sus arrebatados mares; tampoco la ausencia de llanto de cielos áridos que nunca dan lluvia; tampoco la visión de su amplio campo de inclinados chapiteles, retorcidos sillares de clave, y cruces vencidas (como vergas oblicuas de flotas ancladas)[61]; ni sus avenidas suburbanas de medianerías que descansan unas en otras como un mazo de baraja tirado… no son sólo estas cosas las que hacen de Lima, la carente de lágrimas, la ciudad más extraña y más triste que podáis ver. Pues Lima ha adoptado el velo blanco; y en esta blancura de su desgracia hay un horror mayor. Vieja como Pizarro, esa blancura mantiene sus ruinas siempre nuevas; no admite el animado verdor de la decadencia total; cubre sus deshechas murallas con la rígida palidez de una apoplejía que fija sus propias distorsiones.

Sé que para la común aprehensión este fenómeno de la blancura no es reconocido como el agente principal en el engrandecimiento del terror de objetos ya de por sí terribles; tampoco hay para la mente no imaginativa nada de terror en esas apariencias cuyo pavor para otra mente casi sólo consiste en este único fenómeno, especialmente cuando se exhibe bajo cualquier forma que se aproxime a la mudez o la universalidad. Lo que quiero decir con estas dos afirmaciones quizá pueda ser elucidado respectivamente por los siguientes ejemplos.


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