Moby Dick
Moby Dick Primero: el marinero, cuando se acerca a las costas de tierras extrañas, si por la noche escucha el rugir de rompientes, se precipita a vigilar, y siente únicamente la ansiedad que es necesaria para agudizar todas sus facultades; pero, bajo circunstancias exactamente iguales, levantadle de su coy para que contemple su barco navegando en un mar de medianoche de láctea blancura… como si desde promontorios a todo alrededor manadas de arqueados osos blancos estuvieran nadando en torno a él: entonces siente un mudo terror supersticioso, el fantasma amortajado de las blanqueadas aguas es tan horrible para él como un espectro real; en vano el escandallo le asegura que todavía está fuera de calado: corazón y caña, ambos caen[62]; no vuelve a descansar hasta tener de nuevo agua azul bajo él. Mas dónde está el marinero que os diga: «Señor, no era tanto el miedo de chocar contra rocas ocultas como el miedo de esa espantosa blancura lo que me ha inquietado».