Moby Dick
Moby Dick Segundo: para el indio nativo del Perú, la vista constante de los Andes enjaezados de nieve no transmite ningún sobrecogimiento, excepto, quizá, el del mero fantasear de la eterna desolación helada que reina a tal vastas altitudes, y de la natural noción de lo espantoso que sería perderse en tan inhumanas soledades. Muy similar es lo que ocurre con el colonizador de Occidente, que considera con comparativa indiferencia una pradera ilimitada cubierta con una capa de nieve arrastrada por el viento, sin sombra de árbol o rama que rompa el trance fijo de la blancura. No así el marinero, al observar el paisaje de los mares antárticos, donde a veces, a causa de algún infernal truco de prestidigitación de las potencias del aire y de la escarcha, en lugar de arcoíris que hablen de esperanza y solaz a su miseria, él, tiritando y a medio naufragar, observa lo que parece un ilimitado camposanto haciéndole muecas con sus cruces astilladas y sus magros monumentos de hielo.
Mas vos decís, me parece a mí, que este capítulo de blanco de plomo sólo es una bandera blanca colgada de un alma pusilánime; os habéis rendido a la neurastenia, Ismael.