Moby Dick

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Mas no era esta noche, en particular, en la que, en la soledad de su cabina, Ajab así cavilaba sobre sus cartas. Casi cada noche eran desplegadas; casi cada noche algunas marcas de lápiz eran borradas y otras eran sustituidas. Pues, con las cartas de los cuatro océanos ante sí, Ajab estaba hilando un dédalo de corrientes y torbellinos orientado al más certero logro de ese monomaníaco pensamiento de su alma.

Ahora bien, para cualquiera no plenamente familiarizado con las costumbres de los leviatanes, el buscar de ese modo una solitaria criatura en los océanos sin cerco de este planeta podría parecer una tarea absurdamente irrealizable. Mas no era así para Ajab, que conocía las características de todas las mareas y corrientes; y que calculando a partir de ahí los desplazamientos del alimento del cachalote, y teniendo en cuenta, además, las épocas regulares, comprobadas, para su caza en latitudes concretas, podía llegar a suposiciones razonables, casi cercanas a certidumbres, relativas al día más apropiado para estar en este o ese caladero en busca de su presa.





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