Moby Dick

Moby Dick

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Hubo una circunstancia que a primera vista pareció enmarañar su delirante y aun así metódico plan. Aunque puede que no fuera así en realidad. A pesar de que los gregarios cachalotes pasan temporadas regulares en áreas de alimentación concretas, no obstante, no puedes en general tener la certeza de que las manadas que frecuentaron tal y cual longitud y latitud, digamos este año, resultarán ser exactamente las mismas que aquellas que fueron localizadas allí la temporada precedente; si bien hay peculiares e incuestionables ejemplos en los que lo contrario ha resultado cierto. La misma observación, en general, sólo que dentro de un límite menos amplio, se aplica a los solitarios y ermitaños de entre los cachalotes maduros envejecidos. De manera que aunque Moby Dick hubiera sido visto en un año anterior, por ejemplo, en lo que se conoce como el caladero de las Seychelles, en el océano Índico, o en Volcano Bay, en la costa japonesa, aun así, no se infería que si el Pequod visitara cualquiera de estos puntos en cualquier subsecuente temporada análoga, infaliblemente lo encontraría allí. Mismo así para algunas otras áreas de alimentación donde a veces se había mostrado. Todos esos parecían sólo sus lugares de paso y, por así decirlo, sus casuales posadas oceánicas, no sus lugares de residencia prolongada. Y donde antes se ha hablado de las posibilidades de Ajab de lograr su objetivo, sólo se ha aludido a cualquier posibilidad extra, adyacente y antecedente de alcanzar un momento y un lugar concretos en el que todas las posibilidades se convertirían en probabilidades, y como Ajab confiadamente pensaba, cada probabilidad en lo inmediato a una certidumbre. Ese concreto momento y lugar estaba agrupado en una expresión técnica: la temporada alta del ecuador. Pues allí y entonces, durante varios años consecutivos, Moby Dick había sido periódicamente avistado, residiendo cierto tiempo en aquellas aguas, lo mismo que en su giro anual el sol vaga durante un intervalo previsto por cada uno de los signos del zodiaco. Allí había sido también donde habían tenido lugar la mayoría de los encuentros mortales con la ballena blanca; allí las olas estaban historiadas con sus lances; allí también estaba ese trágico lugar donde el monomaníaco viejo había hallado el terrible motivo de su venganza. Mas dada la cauta exhaustividad y observante vigilancia con la que Ajab lanzaba su meditabunda alma a esta resuelta cacería, no se permitiría a sí mismo basar todas sus esperanzas sobre el singular hecho capital arriba mencionado, por muy favorable que pudiera ser para esas esperanzas; y tampoco en el insomnio de su juramento podía él aquietar en tal grado su alterado corazón como para posponer toda búsqueda entretanto.


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