Moby Dick

Moby Dick

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Pero dando todo esto por sentado, no obstante, considerada discreta y fríamente, ¿no parece ésta una idea demente: que lo mismo que un muftí de barba blanca en las callejuelas de Constantinopla, una solitaria ballena en el ancho océano sin límites, aun siendo encontrada, pueda considerarse susceptible de un reconocimiento individual por parte de su cazador? No. Pues la peculiar frente blanca como la nieve de Moby Dick, y su joroba, blanca como la nieve, no podían ser sino inconfundibles. ¿Y acaso no he tomado el registro de la ballena, murmuraba Ajab para sí, cuando tras especular sobre sus cartas hasta mucho más tarde de la medianoche, se dejaba llevar por fantasías… No he tomado su registro, y va a escapárseme? ¡Sus anchas aletas están perforadas y festoneadas como la oreja de una oveja perdida! Y ahí su enajenada mente se lanzaba a una carrera sin aliento; hasta que le sobrevenía la fatiga y el desmayo de la reflexión y buscaba recobrar su fortaleza en el aire despejado de cubierta. ¡Ah, Dios!, qué trances de tormento soporta el hombre que está consumido por un deseo de venganza insatisfecho. Duerme con las manos apretadas; y se despierta con sus propias sanguinolientas uñas en las palmas de sus manos.





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