Moby Dick
Moby Dick A menudo, cuando obligado a dejar su coy a causa de agotadores e intolerablemente vívidos sueños de la noche, que retomando sus propios intensos pensamientos del día los arrastraban en medio de un fragor de frenesíes, y los hacían girar una y otra vez en rededor de su ardiente cerebro, hasta que la propia pulsación de su punto vital se convertía en insufrible angustia; y cuando, como a veces era el caso, estos espirituales espasmos suyos jalaban su ser desde sus cimientos, y una sima parecía abrirse en él, desde la que surgían bífidas llamaradas y relámpagos, y abominables demonios le solicitaban para que se tirara abajo entre ellos; cuando este infierno en su interior abría sus fauces bajo él, un grito salvaje se escuchaba a lo largo y ancho del barco; y, con centelleantes ojos, Ajab surgía de golpe desde su camarote, como si escapara de una cama que estuviera ardiendo. Sin embargo, quizá, éstos, en lugar de ser los irreprimibles síntomas de alguna debilidad latente, o de algún temor a su propia determinación, no eran sino las más simples pruebas de su intensidad. Pues en esos momentos el demente Ajab, el maquinador, insatisfecho, tozudo cazador de la ballena blanca; este Ajab que había ido a su coy no era el agente que así le hacía salir de golpe del mismo, horrorizado. Este último era el eterno, vivo principio o alma en él; y en el sueño, al estar temporalmente disociado de la mente caracterizante, que en otras ocasiones empleaba como su vehículo exterior o agente, espontáneamente buscaba escapar de la abrasadora contigüidad de la frenética entidad, de la cual, por el momento, ya no era parte integrante. Mas como la mente no existe a no ser ligada al alma, es por eso por lo que debió haber sido que, en el caso de Ajab, al ceder todos sus pensamientos y fantasías a su único supremo propósito, ese propósito, por su propia pura raigambre de voluntad, imponíase contra dioses y diablos en una especie de autoasumido, independiente ser, suyo propio. Y no sólo eso, sino que podía vivir y arder despiadadamente, mientras que la vitalidad común a la que estaba agrupado huía horrorizada del indeseado e inengendrado alumbramiento. Por tanto, el atormentado espíritu que refulgía desde los ojos corporales cuando lo que parecía Ajab salía apresuradamente de su aposento era durante ese momento nada más que algo vacío, un informe ser sonámbulo, un rayo de viva luz, efectivamente, aunque sin un objeto que colorear y, por tanto, una vacuidad en sí mismo. Que Dios os ayude, viejo, vuestros pensamientos han creado una criatura en vos y de aquel cuyo intenso pensar de ese modo hace de él un Prometeo, un buitre se alimenta por siempre de su corazón; ese buitre es la propia criatura que él crea.