Moby Dick
Moby Dick En primer lugar: aunque la mayorÃa de los hombres tiene alguna vaga y fugaz idea de los riesgos generales de la grandiosa pesquerÃa, no poseen, sin embargo, nada que se asemeje a una concepción concreta y vÃvida de esos peligros, ni de la frecuencia con la que se repiten. Una razón, quizá, es que ni uno de cada cincuenta de los desastres y fallecimientos que se dan en la pesquerÃa llega jamás a un registro público en puerto, por muy transitorio e inmediatamente olvidado que ese registro sea. ¿Suponéis que aquel pobre hombre, que quizá en este momento, atrapado por la estacha cerca de la costa de Nueva Guinea, está siendo arrastrado al fondo del mar por el leviatán que se sumerge… suponéis que el nombre de ese pobre hombre aparecerá en la necrológica del periódico que leeréis mañana durante vuestro desayuno? No, pues los correos entre aquà y Nueva Guinea son muy irregulares. De hecho, ¿alguna vez escuchasteis algo que pueda llamarse noticia cotidiana, directa o indirecta, de Nueva Guinea? Sin embargo, yo os digo que en el transcurso de una particular expedición, que entre muchas otras yo realicé en el PacÃfico, hablamos con treinta barcos distintos, todos y cada uno de los cuales habÃan padecido algún fallecimiento causado por una ballena, varios de ellos más de uno, y tres habÃan perdido, cada uno, la tripulación de una lancha. ¡Por amor de Dios, sed parcos con vuestras lámparas y vuestras velas! No hay galón que queméis por el que no se haya vertido al menos una gota de sangre humana.