Moby Dick
Moby Dick Recorriendo la cubierta con rápidos pasos de lateral arremetida, Ajab ordenó que se largaran juanetes y sobrejuanetes, y se desplegaran todas las velas de ala. El mejor hombre del barco debía tomar el timón. Pronto, con todos los topes ocupados, el navío fundado en vela, avanzó con viento de popa. El extraño efecto elevador, aupador, del viento de coronamiento que llenaba las cavidades de tantas velas hacía que la flotante y suspendida cubierta se sintiera como aire bajo los pies; mientras que el barco aún aceleraba, como si dos influjos antagonistas estuvieran combatiendo en él… uno de ascender directamente al cielo, el otro de avanzar cabeceando hacia cierto objetivo horizontal. Y si hubierais observado el rostro de Ajab esa noche, habríais pensado que en él también estaban batallando dos cosas distintas. Mientras su única pierna viva hacía animados ecos a lo largo de la cubierta, cada golpe de su miembro muerto sonaba como un toque de ataúd. Sobre la vida y la muerte caminaba este viejo. Mas aunque el barco progresaba con tanta celeridad, y aunque de cada ojo, como flechas, salían lanzadas ansiosas miradas, aun así, el plateado surtidor no fue visto otra vez aquella noche. Cada marinero juró haberlo visto una vez, pero no una segunda.